Repaso - Los maestros cuando fundan una escuela

En opinión de Carlos Gallardo Sánchez

Repaso - Los maestros cuando fundan una escuela

 

Esto que enseguida comento me involucra personalmente. Sin embargo, estoy convencido que muchos maestros, en su cotidiano hacer, pueden coincidir en experiencias similares mediante las cuales ofrecen el mejor de sus esfuerzos que muchas veces pasan inadvertidos por quienes dirigen la educación en Morelos, como es el caso de lo que ocurre en estos tiempos. Esos funcionarios, me refiero particularmente a los que ocupan oficinas actualmente en el Instituto de la Educación Básica del Estado de Morelos (IEBEM), no obstante que algunos sean docentes de carrera, se envuelven en sus propios intereses y olvidan las realidades por las que transitan las maestras y maestros en las escuelas donde laboran. Va pues una evocación:

Cuando se fundó la Escuela Secundaria General “Juan Rulfo”, empezó a funcionar sin edificio. Sólo disponía, hasta donde recuerdo, de un pequeño local prestado por el ayudante municipal, utilizado como “oficina”, y un terreno baldío, con barda de tabique inconclusa, en cuyo interior, con láminas y madera vieja, se hicieron las divisiones para albergar, empleando mobiliario traído de aquí y de allá, los tres o cuatro grupos de primero que inicialmente tuvo el plantel.

Allí la improvisación de las instalaciones fue un acto creativo. En serio. Docentes y padres de familia se las arreglaron para acondicionar las aulas. De todos modos, en ciertas circunstancias, las inclemencias del tiempo se impusieron: láminas volando y polvo hasta en las orejas cuando el viento soplaba fuerte, o “salones” totalmente mojados y pisos como lodazales en tiempo de lluvias.

La formación de los alumnos, las ceremonias cívicas, el espacio para los recesos, era simple y llanamente la amplia calle de terracería que teníamos enfrente. Resultaba común que, mientras se estuviesen realizando los honores a la bandera,, pasaran en bicicleta jovenzuelos impetuosos, importándoles poco si se estaba saludando al lábaro patrio o entonando el himno nacional. En cambio, los señores adultos o de edad que transitaban a esa hora por allí, se detenían respetuosos, algunos se quitaban el sombrero y esperaban a que finalizara el acto cívico. Y varios de ellos nunca fueron a una escuela. ¡Qué cosas!

Para quienes supongan que eso no pasa frecuentemente, yo sostengo que muchas escuelas así empiezan a funcionar, sobre todo en las zonas urbanas marginales y en las rurales. Las maestras y los maestros que a esas instituciones educativas llegan o llegaron, saben que es una experiencia profesional enriquecedora. Digan si no es aleccionador para cualquier docente, trabajar en una escuela sin edificio o con todas las insuficiencias, y hacer todo lo posible por cumplir con la tarea educativa 

¿Cuándo llegué a ese plantel? En 1983 recibí mis órdenes de adscripción a la escuela, ubicada en la populosa colonia La Joya, del municipio de Yautepec.

—Vas a sentir el gusto de participar en su fundación —me dijo a manera de consolación el profesor Óscar Sánchez Sánchez, entonces jefe del Departamento de Secundarias Generales en el Estado de Morelos.

Había terminado mi comisión como asesor del Consejo Estatal Técnico de la Educación (CETE), dado los conflictos que allí se dieron en un momento lamentable, a tal grado que el entonces titular de educación en el estado, César Uscanga Uscanga, decidiera cerrarlo. Después lo volvió a abrir.

Pues bien, primero se me asignó como orientador a la Secundaria General 1, “Froylán Parroquín”, en donde el director, de apellido Tavera, me bateó de volada. Tuve que regresar con Óscar Sánchez, quien me envió ahora a la Secundaria General 8, “Pablo Torres Burgos”, asentada en Ocotepec. Para no variar, el director de ese plantel, de apellido Luna, ni siquiera revisó mis papeles y me mandó de vuelta con Sánchez Sánchez, quien, debo decir, me caía bien.

—¡No saben estos cabrones a quien rechazan! —me dijo con esas palabras el profesor Óscar, supongo que para guardarse las causas por las que esos directores no le hacían caso; la verdad lo ignoro—. Te voy a mandar con Ricardo Ramírez, director de la Secundaria 7, “Francisco Zarco”, en Tetela del Monte.

Allí sí me recibieron, pero no había modo de trabajar como orientador educativo, que era para lo que yo servía.  “Condescendiente” conmigo, el director me dijo:

—No hay espacio para que se desempeñe como orientador; allí ya tenemos todo cubierto, pero si quiere nos puede ayudar en la parte administrativa hasta que termine el ciclo escolar, ya faltan tres meses. Entendí la indirecta. Se trataba de aguantarme un poco, para después, otra vez, tener que presentarme frente a Óscar Sánchez Sánchez. Fastidiado de tanto andar como saltimbanqui, merced a que parecía profesor no grato para esa clase de directivos escolares, decidí quedarme en el plantel, en donde pasé sin pena ni gloria.

Por fortuna llegó el nuevo ciclo lectivo y me vi agradablemente ubicado en la Escuela Secundaria General de La Joya, teniendo como competente y cordial directora a la profesora Judith Peña Flores. Los años que anduve por allí los recuerdo gratamente. Yo digo que lo hice bien.

En efecto, viví la experiencia de llegar a trabajar en una escuela sin edificio. Al año siguiente, me parece, empezaron a construirlo. Aún me correspondió estrenar sus primeras instalaciones, con varios compañeros y los directivos de entonces. Ya no supe hasta cuándo se edificó completamente. !Qué agradable es recordar mi paso por ese plantel!