Viento y mujer.

En opinión de Dagoberto Santos Trigo.

Viento y mujer.

La capacidad de una mujer ante la adversidad es inefable. La inteligencia y perseverancia que poseen son signos inquebrantables. El viento recorre las planicies (desde el sur y gira hacia el norte). Los veneros desembocan en el mar, pero éste no se desborda…

Así son: almas imperturbables, que luchan para sacar adelante a su familia, sin perder la delicadeza que nos dio cobijo desde su vientre (el sitio del placer genuino, según Freud, donde no hay desasosiego o infortunio).

            Su semblante es paradigmático: ama de casa, indígena, madre soltera, afromexicana, política, funcionaria, obrera, maestra, deportista, artista, empresaria… ¡Todas son una!

            Este Día Internacional de la Mujer nos conlleva a cavilar sobre la importancia de su aporte en la sociedad contemporánea, donde son inadmisibles la discriminación, la misoginia, el abuso, el despotismo y la violencia (en sus diversas manifestaciones). Tenemos que proscribir las conductas nocivas que pretenden poner en vilo la cohesión antropológica.

            El liderazgo determinante se despliega en la delicadeza de su voz y, a la vez, en la imaginación de la fragancia que la despierta. Éste es un proceso de renovación continuo, como los velámenes de un bajel en asengladura (continuamente, detenida).

Por ejemplo, la voz de mi mamá aún propulsa una embarcación mediante la acción del viento sobre ella. La memoria es olvido… Sin embargo, aún recapitulo aquellas tardes, caminando a su lado en el campo, la casa o alguna vereda (que se difumina en el pensamiento). Su regazo (por siempre tórrido y placentero, como ninguna) revela un grado de cognición insuperable: es una buena agrimensora de las tierras del tiempo.

Reivindiquemos el hálito femenino, de donde principian el milagro de la existencia, la creatividad, el discernimiento y la constancia. A propósito, el vate Basilio Sánchez expresó:

 

"La mujer que camina delante de su sombra (…)

 

Aquella que ha extendido su pelo sobre el árbol

que florece en otoño, la que es dócil

a las insinuaciones de sus hojas (..)

 

La que ha estado conmigo en el principio…”.

 

            Cada noche, cuando mi dorso se pone enhiesto, diviso las estrellas. Entonces, se abre una gama de posibilidades de construcciones verbales (a modo de apología), como: “Son ejemplo de resiliencia, puesto que lloran en silencio”.

Desde mi perspectiva, su ímpetu va más allá: se encargan de la crianza, sistematizan la morada, educan, disienten, desincorporan la infelicidad del corazón…

Administran el devenir (por encima de la cultura falocrática, que es meditabunda -no pragmática-). Los vástagos adquirimos resuello a través de un juicio sutil e imperativo que surge de sus labios: “¡A comer!” “¡No se desvelen…!”. “¡Luchen por sus anhelos!”. 

            A partir de su enfoque, nada es insignificante. La provisión alimentaria, fundamental. Sus manos han sofrito o rehogado (a menos de 100°C) verduras (cebolla, tomate, pimiento y ajo) en una sartén, con poco aceite, con el objetivo de ataviar la atmósfera de un incienso fascinante, al que nadie se resiste.

Las palabras tienen campos semánticos. Ellas, un carácter y arrojo inacabables.