Repaso - Y usted, ¿ya motejó groseramente a algún político?

En opinión de Carlos Gallardo Sánchez

Repaso - Y usted, ¿ya motejó groseramente a algún político?

Una serie de empecinamientos enturbia el clima político social, tanto en Morelos como en el país, derivados de controversias respecto de cómo gobiernan las autoridades en turno. Hasta el más sencillo acontecimiento detona de manera crónica enrarecimientos entre los ciudadanos, servidores públicos y políticos. En el ámbito periodístico, al que conozco desde hace años, proliferan también las ofensas, la descalificación aleve, el comentario sin fundamentos. No se analiza con la idea de aportar razonamientos que permitan comprender la realidad que vivimos. Se aportan comentarios con encono, se descalifica al que piensa distinto y se contribuye a enturbiar aún más el tejido social.

Surgen, pues, discusiones y debates por cualquier lado. Sólo falta reflexionar si esas diferencias abarcan a la sociedad en general o, como casi siempre, las protagonizan grupos específicos con intereses particulares, que no pueden ser desacreditados por ello, pero que no necesariamente reflejan el sentir y pensar de la mayoría de la población.

Lo que pasa es que esos grupos tienen amplia experiencia en el activismo social, en el análisis en medios o en los escenarios del debate político. Aun así, insisto, no podría entendérseles como “voceros” de la sociedad entera.

En ese contexto, suponemos que una buena parte de la población interpreta que el gobierno estatal que conduce Cuauhtémoc Blanco Bravo se mantiene omiso o al margen de las verdaderas soluciones a problemas que confrontan a la opinión pública. Y parece que sólo está a la expectativa de las decisiones y acciones procedentes de la federación, o atento a lo que le sugieran sus colaboradores. Esa actitud de falta de compromiso evidente como gobernador, ¿ya puso a la mayoría de los morelenses en su contra? No lo sabemos. Por lo tanto, las opiniones que cada quien vierta al respecto son más apegadas al hígado que a la razón. En el mismo tono lo advertimos cuando nos confrontamos acerca del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Recordarán el asunto de la termoeléctrica. Si bien se entiende que es un proyecto generado desde hace años, en una administración federal y estatal distintas, lo cierto es que son los tiempos en que deberían tomarse decisiones definitivas, que corresponden a quienes ahora despachan en las principales dependencias gubernamentales.

Es cuando se topan con lo difícil que es ser absolutamente congruente entre lo que se plantea en jornadas de proselitismo, con lo que debe hacerse cuando ya se gobierna. Hay ciudadanos que no toleran cualquier desvío de lo prometido y otros que aceptan esas posibilidades. Los tiempos que corren, infortunadamente, cierran los espacios a la cordura.

Así pues, la sensatez y el juicio mesurado sobre las difíciles circunstancias que enfrentamos andan muy lejos de nuestros actos y nuestros dichos. Descalificamos más rápido que un 

suspiro. Ofendemos, suponiendo que los otros con quienes no coincidimos son los ignorantes, intransigentes y carentes de ética.  Si en las redes virtuales opinamos de algún modo, una masa amorfa se suma a nuestro decir o lo contradice, pero no como producto de un acto reflexivo, sino movida por el impulso, el encono, el odio incluso

Nos irritamos, pues, ante una opinión distinta a la que tenemos acerca de cualquier hecho. Nos motejamos con calificativos exacerbados, como una estrategia acaso inconsciente de humillar, de pisotear, de no entender las razones que nuestros rivales esgrimen. Es el todo a nada. Es la polarización para desestimar puntos de vista diferentes a los nuestros.

En todo lo anterior, ¿dónde deben ubicarse los ciudadanos que esperan ser tomados en cuenta, pero no en ambientes sociales crispados, como el que prevalece ahora en torno a los problemas que padecen?

Parece que no se les tomará en cuenta, porque continuarán las discrepancias entre aquellos que se disputan el poder, y otros que esperan quien gane para adherírseles como lapa.

 

De refilón

Un taxista amigo con el que ayer conversé, me preguntó:

—¿Cómo ve a López Obrador? 

—Con muchos enemigos y críticos; le salen por todos lados.

—Pues yo creo que va bien —me dijo para atajar algún comentario mío adverso al presidente.

Creo que hay que escuchar más a los ciudadanos comunes y corrientes. Allí, supongo, sigue la principal fuerza de El Peje. 

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