Violencia e impunidad: la eterna lucha por la justicia para las mujeres

En opinión de Denisse Molina

Violencia e impunidad: la eterna lucha por la justicia para las mujeres

Todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescindibles del ser mujer.-  Flora Tristan

El 8 de marzo se conmemora en el mundo la lucha de las mujeres por la igualdad, el reconocimiento y el ejercicio efectivo de sus derechos, una fecha oficializada por las Naciones Unidas en 1975.

A 30 años de que México firmara este compromiso internacional, las cifras siguen siendo alarmantes. Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE), 7 de cada 10 mujeres mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia: física, psicológica, sexual, económica, patrimonial o discriminación. De ellas, 3 de cada 10 han sido víctimas de violencia física.

Pero si esto no fuera suficiente, la impunidad es el siguiente golpe. Solo 1 de cada 5 muertes violentas de mujeres en México se investigan como feminicidio. En el 46.9% de los delitos cometidos contra mujeres en los que se inició una averiguación previa o carpeta de investigación, no pasó nada. El 26.5% sigue en trámite.

El 55% de las mujeres mayores de 18 años consideran corrupta a la policía ministerial, el 57% a la fiscalía, el 60% al ministerio público y el 66% a los jueces. Esta falta de confianza no solo desmotiva la denuncia, sino que perpetúa la violencia al dejar claro que no habrá consecuencias.

Como resultado, las mujeres han modificado su vida cotidiana por miedo. El 65.2% evita que menores de edad salgan solos de casa; el 53.2% ha dejado de salir de noche.

Cuando la justicia no llega

Frente a este panorama, me pregunto: ¿Cuántos años más, cuánto dolor, cuánta impunidad y cuánta espera son necesarias para obtener justicia, especialmente siendo mujer?

Soy Denisse Molina y soy una víctima. En 2020, fui violentada y privada de mi libertad por Alberto Millán, entonces asesor de la senadora Lucía Meza y director del medio de comunicación Metrópoli Noticias. Creí en la justicia y denuncié en Oaxaca.

Llegué a la fiscalía con golpes visibles. Un médico legista, hombre, me revisó sin empatía. En el ministerio público me preguntaron: ¿Qué hiciste para que se enojara tanto? Luego vinieron el acoso en mi trabajo, en mi domicilio, la revictimización. Solicité prisión preventiva, pero la respuesta fue absurda: No vive en este estado, por lo tanto, no representa un riesgo para la víctima.

Hoy ambos vivimos en Morelos. Él sigue con su vida, su trabajo, su medio de comunicación. Se ha acercado a mi familia y a mi entorno, mientras que yo sigo atrapada en un juicio que lleva cinco años. Aunque está vinculado a proceso, evade la justicia con amparos y retrasos legales.

La respuesta del sistema judicial ha sido clara: sus derechos humanos están por encima de los míos. Como víctima, no solo enfrento a mi agresor, sino a un sistema que le otorga más herramientas para salir impune.

La impunidad es una condena para todas

En el marco del 8M, la pregunta es inevitable: ¿dónde quedamos nosotras, las víctimas? No soy la única. Somos miles de mujeres violentadas, acosadas, asesinadas, mientras nuestros agresores siguen libres, replicando patrones de violencia sin consecuencias.

Él no se detuvo conmigo. Continúa hostigando y violentando, confiado en que nada le pasará. ¿Cuántas más tienen que denunciar para que se tome en serio la gravedad del caso? ¿Hasta dónde tiene que llegar para que la justicia actúe?

No puede ser que en un país gobernado por mujeres sigamos protegiendo a los agresores. No podemos permitir que el sistema judicial siga priorizando sus derechos por encima de los de las víctimas. No podemos seguir aceptando que reciban condenas mínimas, que salgan libres y busquen a sus víctimas para asesinarlas.

Somos muchas las que seguimos sin justicia. Muchas las que nos sentimos traicionadas por las autoridades y por la sociedad. Es indignante que cuando se señala públicamente a un agresor, el pacto patriarcal se active: el silencio de sus amigos, colegas y vecinos lo protege, minimizando sus actos con frases como "lo conocemos, sería incapaz".

No pedimos empatía. Pedimos lo mínimo indispensable: respeto, derechos y justicia. Queremos que los responsables paguen por lo que hicieron.

El sentimiento de impotencia es indescriptible. Nadie sabe la lucha que libramos las víctimas cada día. Nadie entiende el dolor de las familias de mujeres desaparecidas, violadas, asesinadas. Y a pesar de todo, seguimos aferrándonos a la esperanza de que algún día la justicia nos alcance.

Mientras me violentaba, él me agarró del cabello, me sometió sobre un sillón y me preguntó: "¿Qué se siente tanta impotencia, saber que a mí no me va a pasar nada?" En ese momento pensé: Lo voy a denunciar, lo meteré a la cárcel. Pero hoy, cinco años después, sigo sintiendo esa misma impotencia, todos los días.

No podemos rendirnos

En este 8 de marzo, quiero decirles a todas las mujeres víctimas: no están solas, no estamos solas. Somos la mitad de la población mundial. El sistema de justicia nos ha fallado, pero no podemos dejar de luchar ni de exigir.

No solo se trata de nosotras, se trata de cambiar el sistema. Esta lucha no es solo de las mujeres, sino de toda la sociedad. Mientras los hombres sigan replicando patrones machistas, jamás viviremos en un país justo. Es responsabilidad de todas y todos modificar nuestra forma de pensar y educar a las futuras generaciones, a futuros agresores.

No podemos seguir protegiendo a los violentadores ni justificando sus acciones. Mientras existan mujeres sometidas, violentadas, desaparecidas o asesinadas por el simple hecho de ser mujeres, ninguna de nosotras será libre.