El Tercer Ojo - La Guerra Perpetua o ¿El crepúsculo del mundo?

En opinión de J. Enrique Alvarez Alcántara

El Tercer Ojo - La Guerra Perpetua o ¿El crepúsculo del mundo?

Estimados seguidores de esta columna semanal; como se habrán enterado mediante las informaciones noticiosas de las últimas semanas, el affaire Rusia-Ucrania-OTAN-Unión Europea al parecer está abriendo las puertas y ventanas a los tambores de una Guerra, en el corazón de Europa, que promete una “Dulce certidumbre de lo peor”. Las declaraciones aventureras del presidente de Francia, Emmanuel Macron, entre otros voceros de esta alianza, no parecen dejar duda alguna del fuego que tratan de encender para alumbrar un holocausto.

 

La política genocida del Estado Sionista de Israel contra el pueblo palestino, avalada y apoyanda, en Santa Alianza, por estás mismas fuerzas, evidencian nítidamente los intereses de eliminar definitivamente al pueblo palestino e instrumentar una “Solución Clarifinante” (clara y final) al “Problema Palestino.

 

Recientemente he estado leyendo una novela escrita por el cineasta alemán, Werner Herzog, titulada El crepúsculo del mundo, dedicada a la historia de un soldado japonés, Hiroo Onoda, que jamás, o nunca, se rindió, porque no sabía y no admitía que la Segunda Guerra Mundial había terminado.

 

29 años después de terminada la conflagración Mundial (1974) Hiroo Onoda ignoraba y no admitía que ello fuera cierto; no sabía que Japón se hubo rendido en agosto de 1945; no sabía que los Estados Unidos había lanzado bombas atómicas sobre dos ciudades japonesas, que inmediatamente a las explosiones nucleares habían muerto más 100 mil personas; que, para ese año, hay otros países que poseen las armas nucleares en tales proporciones que asegurarían la destrucción definitiva de nuestro mundo y con éste los “problemas” que se perciben; las “Guerras” de Korea y Vietnam le eran ajenas, en fin, Onoda se comportaba como si la guerra continuara. ¡Vamos! Le era ajeno el hecho de que el emperador japonés se dirigió a la nación japonesa mediante un discurso radiofónico y declaró públicamente que no era un Dios Viviente y que Japón se rendía incondicionalmente.

 

Hiroo Onoda se comportaba y actuaba como si aún no hubiera sido derrotada Alemania.

 

No aparecía en su mente e imaginación una verdadera batalla por ganar el espacio, los viajes espaciales, la llegada a la luna y sobremanera, la Guerra Fría, con una carrera militar por disponer de las armas de destrucción masiva.

 

Sólamente las palabras armas, combate, enemigos, vencer y derrotar a los otros, no rendirse nunca, bajo ninguna circunstancia, martillaban su cerebro alejado muchos años atrás de la realidad.

 

Pues bien, mutatis mutandis, parece que no podemos dudarlo, los altos dirigentes del Imperialismo Estadounidense, de la OTAN, de la Unión Europea y sus corifeos no se cansan de actuar como verdaderos Hiroo Onoda. Creen ciega y fideistamente que una Guerra Mundial (tal vez la tercera y definitiva), con escenario en Europa, otra vez, es viable, al menos en sus discursos delirantes, sin destruir al mismo tiempo al continente europeo y muy probablemente al resto del mundo.

 

Desde luego que intereses claros de los poderosos cárteles o trust de la industria militar propician y promueven la propagación mediática de dichas posiciones guerreristas que alimentan la producción, distribución y consumo de sus armas y herramientas de guerra. Les es tan necesaria la guerra que la favorecen, de otro modo ¿cómo, pregunto, podría ser uno de los poderes más claros dentro de la economía del capitalismo y del Imperialismo?

 

De no haber guerras ¿quiénes producirían las armas, quiénes invertirían en la investigación científica y desarrollo tecnológico para esta industria? ¿Quiénes las comprarían y harían uso de las mismas?

 

Estas industrias y redes mediáticas de los discursos bélicos necesitan las guerras y la muerte es su compañera inapelable.

 

Al parecer, hablar de guerra perpetua y un probable desenlace fatal para la humanidad, tal que promete una dulce certidumbre de lo peor o el crepúsculo del mundo, debiera hacernos reflexionar sobre la necesidad de promover la paz, no sólo entendida como ausencia de guerra, sino como una convivencia armónica, con justicia y dignidad y sin relaciones de dominio/subordinación.