El Regional

Opinión

| César Daniel Nájera Collado
2018-04-17

Eran las 4 de la mañana, y como siempre, Luciano se levantó sin aliento. La misma pesadilla que lo acechaba desde hace varios años se había presentado mientras dormía. Esta jamás cambiaba: se encontraba a la orilla del mar con el amor de su vida, su esposa, y juntos admiraban una puesta de sol inigualable, con tonos naranjas y rosados. Se sentía más dichoso que nunca, pero todo esto acababa cuando llegaba la noche. Una poderosa tormenta aparecía de repente y, sin previo aviso, una ola gigante los sumergía hasta dejarlos inconscientes. Luciano aparecía al otro día, completamente solo en la playa, y sin importar cuánto buscaba, jamás era capaz de encontrar a su mujer.

Cada vez que despertaba de este sueño, prendía una pequeña lámpara para admirar como su esposa descansaba a su lado, tan bella como siempre, y la abrazaba sin intención de dejarla ir. Sin embargo, llegó el día en que Luciano ya no fue capaz de soportar la pesadilla. Desesperado buscó y buscó por mucho tiempo, hasta que por fin, después de varias terapias y pastillas, el sueño desapareció de sus noches.

Al inicio fue bueno, tuvo un gran desempeño en el día y dormía cada vez que podía. Pero poco a poco, se fue dando cuenta que había perdido cercanía con su esposa. Ya no le regalaba flores, no la llevaba a cenar, o simplemente, ya no la abrazaba por las noches. Todo hasta que un día, su mujer le pidió el divorcio. Ya era tarde, pero fue en ese momento que Luciano se dio cuenta que esa pesadilla solo le hacía valorar más lo que de verdad importaba.

Y así es en la vida diaria. He escrito esta historia para que nos demos cuenta cómo debemos perderle el miedo a las dificultades. Las tristezas y dolores jamás son deseados, pero debemos aprender a afrontarlos para que estos cumplan con su propósito: darle más valor a la felicidad y a los logros. Recuerda que solo llegas a necesitar de la luz cuando conociste la oscuridad.



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