El Regional

Cultura

Alejandro Cruz Solano |
2018-04-17

La política es la práctica social de la polis, ésta son los Estados de la antigüedad que, organizados como ciudad disponían de un territorio reducido y eran gobernados con autonomía respecto a otras entidades.  La ciudad–estado en Atenas era conducida por ciudadanos-gobernantes y no establecía ninguna diferencia entre Estado y sociedad. Aunque no todos eran ciudadanos, las clases sociales estaban divididas, las mujeres y los esclavos, por ejemplo, no eran ciudadanos. Una característica de la polis (El estado -ciudad) es que su práctica política estaba conducida por un pensamiento racional, y este, los hacía por decirlo así, civilizados (opuesto a la barbarie). Es en la polis donde se constituye por primera vez el espacio público, lugar donde se forma el agón, es decir, una disputa, oratoria, un combate codificado y sujeto a reglas cuyo teatro será el ágora (espacio común, espacio público). Para los griegos los temas que se discutían en el ágora eran los de la ética, la educación, entre otros. Bien entonces, esa cosa llamada política no es otra cosa que una actividad social fundante de la sociedad que mediante la palabra (logos) fundamenta esa práctica. El logos (la palabra) es el instrumento político por excelencia, referencia de debate, discusión y argumentación. Esa palabra cuando pierde su capacidad de coherencia se le denomina demagogia, que no es otra cosa que el arte, la estrategia de conducir al pueblo, de manipularlo, de conducirlo a los fines o intereses de algún actor político. Para Platón el Estado ideal era un Estado concebido para proteger la moralidad de los individuos. El problema de la razón, que ya es tema de una vieja discusión filosófica es que ha servido para uso o instrumento de utilidad práctica y, esto tiene que ver con la separación del pensamiento con su entorno, me parece fundamental retornar a un pensamiento subversivo que vaya a la raíz de todos los males que nos aquejan desde que la acción política se ha convertido en instrumento de los que ejercen el poder. La columna vertebral de todo pensamiento a la resistencia es la emancipación del ser humano, su libertad en medio de este sistema de poder de explotación. ¿Cómo descubrimos estas relaciones de poder que se convierten en una estrategia sutil de control? Primero se trata de ir a la raíz de los problemas que impiden la emancipación humana. Ya lo han dicho algunos filósofos, parece ser que el ser humano se le otorga placer hasta el cansancio y empieza a construir un nuevo modelo de sociedad, ya no la sociedad del castigo sino la sociedad del rendimiento. Como bien lo diría Byung-Chul Han “se ha establecido una sociedad de gimnasios, torres de oficina, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos”. Ya nos son sujetos de obediencia sino sujetos de rendimiento. Quizá también ya para estos problemas haya formulas: la religión, la retórica y la represión. Asistimos a un advenimiento de falsos curanderos y mesías de la verdad. He apostado a la resistencia desde el ámbito de la escritura, aunque no es el único aspecto por el cual se puede resistir, otros campos ya han sido explorados, tales como la poesía, el teatro, la militancia partidista, la movilización social, etc. Pensar y resistir es la praxis, que no es otra cosa que la reflexión de las acciones y que buscan la libertad por encima de la microfísica del poder. La condición de la libertad está en un proceso continuo de autogestión de sí mismos, no podemos hablar retóricamente de la libertad si no somos libres y eso, implica un arduo trabajo de revisión de nuestros condicionamientos sociales e históricos, al final, estamos en esta historia y solo pueden salir de ella a trascenderla los hombres que comprometidos en una lucha, doble lucha, pelear consigo mismo y pelear contra las limitaciones que el sistema de poder crea, reproduce y alimenta desde sus aparatos ideológicos que son los medios masivos de comunicación.



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