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| Monseñor Ramón Castro Castro
2017-07-17

DOMINGO XV.        INTRODUCCIÓN. Las lecturas de este domingo van a incidir con fuerza y maestría en este efecto de la “Palabra-Siembra” para nuestro aprovechamiento y enseñanza. Isaías ya anticipa la capacidad generadora de la palabra de Dios. Ciertamente, San Juan y su prólogo iban a llegar históricamente mucho después. Y Mateo y su Parábola del Sembrador. Pero la idea común es la misma. La Palabra que baja –dice Isaías—volverá al Padre con los frutos de su trabajo. La creación entera dará sus pasos para que, en nuestro caso, la raza humana viva y se desarrolle y ante la Palabra inicie un canto de alabanza al Creador, ante la maravilla, visible que es la Creación que nos rodea. Porque está claro que la Palabra siembra en la tierra y, también, en el alma y en el corazón de los hombres y mujeres de todos los tiempos.                             La Palabra es sembrada en todos los terrenos, no tiene exigencias, no se enoja con lo mal preparado que está el campo, no le importan ni las piedras duras, ni las aves del cielo, ni la maleza, él quiere beneficiar a todos.        El labrador tiene fe en la tierra que hay bajo esas piedras y esas espinas. Es tierra amasada por Él. Hecha buena al salir de sus manos y confía en que ese poco de bondad que queda en esa tierra dará su fruto si llega a caer en ella su semilla.   

1.- APRENDAMOS A DAR FRUTO.   Jean de La Fontaine cuenta una curiosa fábula, cuyo recuerdo nos viene muy bien para entender el significado de la Palabra de Dios de este domingo: "Un rico labrador que veía próxima su muerte, llama a sus hijos aparte para hablarles sin testigos. -- ¡Estén atentos --les dice-- de no vender su herencia, legada por nuestros abuelos! Un tesoro se oculta en su entraña, aunque ignoro su sitio. Mas, con un poco de esfuerzo, conseguirán encontrarlo. Pasada la cosecha, remuevan su campo, caven de arriba abajo, sin dejar un palmo que no muevan sus palas.            Murió el padre, y los hijos cavaron el campo de abajo arriba, y con tal ahínco que, al año siguiente, la cosecha fue más grande. Dinero no encontraron porque no lo había. Pero su padre fue un sabio, enseñándoles antes de morir que el trabajo es un tesoro".

Partimos de la constatación de que el sembrador, Dios mismo, es bueno. La semilla, la Palabra de Dios, también es buena. ¿De qué depende entonces el éxito de la cosecha? La respuesta que se deduce de la parábola es clara: de la tierra en la que cae la semilla arrojada por el sembrador. Dicho de otro modo: depende de la recepción que tenga la Palabra enviada por el sembrador.

La tierra buena es la que escucha el mensaje. Escuchar el mensaje no consiste en un mero reconocimiento intelectual de Dios. No se trata de creer con la cabeza, se trata de hacerlo vida. Podemos decir que creemos firmemente lo que nos enseña el catecismo de la Iglesia Católica, pero luego somos incapaces de hacer vida la fe que profesamos. ¡Cuántos escándalos damos los cristianos con nuestra intolerancia, nuestra desidia y nuestra falta de compromiso! Escuchar el mensaje es ser justos en nuestro comportamiento, trabajar por un mundo más humano y justo.

El labrador es Dios, pero actúa por medio de nosotros. El es el padre de la parábola, pero somos nosotros, sus hijos, los que tenemos que cavar el terreno. Él nos ha dado las manos para trabajar y quitar las piedras o las zarzas. Es el agente exterior, el maligno, el que pone las dificultades para que la tierra no dé fruto. Pero depende de nosotros el quitar las piedras o las zarzas. Los hijos de aquel labrador de la fábula cavaron y trabajaron duramente y, por eso, recibieron su tesoro. Son los pájaros, las zarzas y las piedras las que impiden el crecimiento de la semilla.

Pero somos nosotros los que dejamos que los pájaros actúen cuando "oímos la palabra" y nos gusta, pero no la entendemos; somos nosotros los que no tenemos raíces y dejamos que a la primera dificultad se nos olviden los buenos propósitos; somos nosotros los inconstantes que nos dejamos llevar por lo fácil y sucumbimos a la tentación de lo mundano, dejando que las piedras impidan el crecimiento de la semilla.                        ¿Qué fruto tenemos que dar? No nos debemos agobiar poniéndonos un techo muy alto. Cada uno debe dar conforme a sus cualidades y a sus fuerzas. Dios premia el esfuerzo y la voluntad, no el éxito conseguido. San Agustín nos lo recuerda: "Haz lo que puedas. Dios no te va exigir más de lo que puedas dar". Un labrador laborioso puede quitar las piedras y arrancar las zarzas para que la semilla dé fruto. ¿Qué clase de tierra soy yo?, ¿estoy dispuesto a colaborar con Dios para "cavar" el terreno y dar fruto?

2.- ¿QUÉ CLASE DE TIERRA ERES? La tierra en la que cae la Palabra somos nosotros. Nos ha quedado claro que todo dependerá de las disposiciones de los oyentes de la Palabra. Por lo tanto hemos de destruir la cizaña y apropiarnos del trigo. San Agustín en el Sermón 101 nos dice cuál debe ser nuestra actitud: “Lo único que nos atañe es no ser camino, no ser piedras, no ser espinas, sino tierra buena. --¡Oh Dios! Mi corazón está preparado (Sal 56,8)-- para dar el treinta, el sesenta, el ciento, el mil por uno. Sea más, sea menos, pero siempre es trigo. El campo no miente, Señor. El campo da lo que es. El campo no engaña. El labrador lo sabía. Años de experiencia trabajando le habían enseñado. El campo no miente, da lo que tiene. Si no está arado y preparado contra las malas hierbas, la cosecha es mínima. La vida es un campo. La vida no miente. La vida da lo que se da…. Si damos mucho, lo multiplica y da maravillas. Si le damos poco, discutido, regateado, la cosecha es baja y la vida baja de tono. Nos quejamos, pero todos sabemos de donde viene la carencia. ¿Te quejas de la vida?, ¿pero que le diste tú? ¿Le diste amor, trabajo, entusiasmo, paz?, ¿te arriesgaste?, ¿te lanzaste?, ¿te sacrificaste?, ¿te fiaste?, ¿te comprometiste?, ¿te quedaste a medias en todo?                      La vida no miente, la vida da lo que ponemos en ella. Mucho si mucho, y poco si ponemos poco. Hay que arriesgarse. Hay que fiarse. Como se fía el campesino de los cielos y la tierra, de las estaciones y de la lluvia, de la bondad de la simiente y de la fuerza vital de la savia que sube por los tallos. Como se fía el campesino del campo. El campo no miente. La vida tampoco. Déjate llevar, y la mies de tus cosechas hablará por ti.

A MODO DE CONCLSUIÓN.    Esta generosidad del buen sembrador nos debe hacer reflexionar a cada de uno de nosotros si la tierra es buena y si la semilla es la mejor, que es la palabra de Dios la que crece, pero, ¡por qué después de tantos años de escuchar la palabra de Dios nosotros salimos de misa, domingo tras domingo, igual que vinimos, tan egoístas, tan soberbios, tan desinteresados!   No podríamos cada uno hacer algo positivo por nuestra parte o lo tendremos que dejar todo a la fuerza de esa fe y confianza que el sembrador tiene en nosotros.    Porque eso es lo maravilloso, que el Señor todavía espera de nosotros. 

¡Ánimo!



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