El Regional

Opinión

| J. Enrique Álvarez Alcántara
2017-05-18

Si fuese posible revisar la abundante producción editorial, hemerográfica y documental en torno a la Profesionalización de la Práctica Docente tanto del Nivel Medio Superior --así como del Nivel Superior-- en los diferentes países del mundo, en las diferentes lenguas y durante el siglo XX y lo que va del XXI, pudiésemos concluir que hoy por hoy es impertinente seguir ampliando dicho material y, tal vez, pensaríamos con justeza, que sería mejor abocarnos al acto de leer, discutir y tratar de comprender la cuantiosa información existente sobre esta cuestión.

Más aún, con los acelerados y vertiginosos cambios en los contenidos del aprendizaje y del conocimiento, de los recursos tecnológicos con los cuales contamos para favorecer el aprendizaje, de los propósitos del hecho educativo, así como de las fuentes de donde podemos ahora proveernos de información, parece que resulta muy sugerente recuperar aquí un pequeño artículo del semiólogo y novelista Italiano Umberto Eco; este erudito personaje, en dicho documento, narra el hecho siguiente: «He leído un episodio que, dentro de la esfera de la violencia, no definiría precisamente al máximo de la impertinencia... pero que se trata, sin embargo, de una impertinencia significativa. Relataba que un estudiante, para provocar a un profesor, le había dicho: Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?» (Eco, U. ¿De qué sirve el profesor? La Nacion/ L’Espresso. Bs As Argentina, mayo 2007. Traducción: Mirta Rosenberg).

Continúa más adelante Umberto Eco: «El estudiante decía una verdad a medias que, entre otros, los mismos profesores dicen desde hace, por lo menos, veinte años y es que antes la escuela debía transmitir por cierto formación, pero sobre todo nociones, desde las tablas en la primaria, cuál era la capital de Madagascar en la escuela media, hasta los hechos de la guerra de los treinta años en la secundaria. Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar. (Eco, U. ¿De qué sirve el profesor? P. 1).

Para finalizar esta reflexión, prosigue: «De pequeño, mi padre no sabía que Hiroshima quedaba en Japón, que existía Guadalcanal, tenía una idea imprecisa de Dresde y sólo sabía de la India lo que había leído en Salgari. Yo, que soy de la época de la guerra, aprendí esas cosas de la radio y las noticias cotidianas, mientras que mis hijos han visto en la televisión los fiordos noruegos, el desierto de Gobi, cómo las abejas polinizan las flores, cómo era un Tyrannosaurus rex y finalmente un niño de hoy lo sabe todo sobre el ozono, sobre los koalas, sobre Irak y sobre Afganistán. Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores? (Eco, U. ¿De qué sirve el profesor? P. 1).

No olvidemos que Umberto Eco ha dicho que el estudiante dijo una verdad a medias.

 

¿Por qué?

Muy probablemente porque podemos admitir que pese a la reflexión que compartimos, podemos comprender y asumir que, ante todo, un maestro, además de “transmitir nociones”, debe formar. Asimismo, hoy se acepta, sin que ello merezca mucha discusión, que lo que hace que una clase sea “una buena clase” no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca una relación que permita al docente “seducir”, a través de diversas estrategias de influencia educativa, al conjunto de sus alumnos para que éstos, gracias a dichas estrategias de influencia educativa, construyan estrategias de aprendizaje significativo.

Es cierto –concluye Umberto Eco-- que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela” (Eco, U. ¿De qué sirve el profesor? P. 2).

Esta última afirmación nos conduce a reconocer el hecho siguiente: Como bien se admite sin reservas, los docentes de los niveles medio superior y superior son producto directo de la empiria de los profesionales de las diversas disciplinas del conocimiento y de la práctica profesional que se insertan sin mayores recursos docentes a la enseñanza.

Esta razón –o sin razón—es suficiente para reconocer que quienes ejercen la práctica docente en las instituciones de educación media superior y superior lo hacen en muchos de los casos con un esfuerzo de autoformación como docentes y ello, sin duda también, merece nuestro reconocimiento.

Sin embargo, es menester también apuntar que se requiere una revisión crítica y autocrítica de la formación de los docentes en la educación superior.



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