El Regional

Opinión

| J. Enrique Álvarez
2018-05-17

Para comenzar este pequeño artículo, quiero mostrar a ustedes, amables lectores de El Tercer Ojo, un fragmento de un texto que el profesor de Didáctica en la Universidad de Vigo-Campos de Ourense, José Paz Rodríguez, dedica al Laureado Premio Nobel de Literatura en el año de 1913, Rabindranath Tagore y su papel como educador.

 

Según nos narra el citado profesor, “El 5 de mayo de 1921, Tagore pronunció en el Instituto Juan Jacobo Rousseau, de Ginebra, una conferencia sobre su pedagogía que (…) ha sido publicada en la revista L’Educateur el 11 de junio de 1921, (…) en ésta Tagore (…entre otras cosas dice:…) «Fundé mi escuela hace veinte años, mas, a decir verdad, no tenía entonces ni método ni experiencia de la enseñanza (…) Acabo de deciros que no tenía, al abrir mi  escuela, ninguna experiencia. Esto no es rigurosamente exacto. Tenía, cuando menos, una experiencia negativa adquirida en el curso de mis propios años de escuela. Sabía cómo no deben ser tratados los niños. De lo que yo he sufrido sobretodo en mi infancia, ha sido de sentir que la educación que yo recibía estaba separada de la vida (…) Veo la puerta de la clase abierta cada mañana como una gran boca, sus muros desnudos, sus bancos de madera, su pupitre en el que se alzaba un maestro que daba la lección como un fonógrafo viviente (…) En esta escuela he aprendido la gramática, la aritmética, muchas cosas que he olvidado y la manera como no deben darse las lecciones. Así es que (…) para hacer alguna cosa útil, me resolví a educar niños. Y no porque yo creyese que tenía un talento particular para enseñarles, sino porque me parecía que yo tenía el secreto de hacerlos dichosos».

 

Aquí encontramos una de las claves de la naturaleza de la cuestión didáctica y pedagógica; asimismo, hallamos la esencia motivacional de la determinación de ser maestro. No se trata de obtener un trabajo –legítimo deseo— que proporcione los satisfactores que un trabajador de la educación, como cualesquier otro trabajador requiere, o al menos, no sólo se trata de ello. Tampoco se trata de llegar a cumplir una tarea –a modo de fonógrafo, decía hace casi un siglo Tagore— mecánica y sujeta a controles externos como se propone una Estructura de Estado, como lo es la SEP.De ningún modo es su objetivo regular el comportamiento de los educandos y educadores –dicotomía franca y abiertamente criticada por el pedagogo brasileño Paulo Freire en sus clásicas obras La Pedagogía del Oprimido, La Educación Como Práctica de la Libertad y Extensión o Comunicación— ni, mucho menos que los estudiantes o alumnos adquieran una serie de conocimientos divorciado o separados de la vida misma. Es, lisa y llanamente autorrealizarse como un verdadero profesional por el hecho de que sus estudiantes son felices al aprender.

Sören Hansen y Jesper Jensen, en un famosísimo librillo que los estudiantes de secundaria leíamos en la primera mitad de la década de 1970, intitulado El Pequeño Libro Rojo de la Escuela decían, entre otras cosas, que: «A lo largo de la historia, la Escuela no ha enseñado más a obedecer que a pensar» o, sugería también, «Si quieres aprender algo, pregunta a los adultos y a los maestros, pero no les creas todo». De ello se trata también, de fomentar en los estudiantes un espíritu crítico, interrogativo, inquisitivo, libre…

 

Habla aquí del epistemólogo suizo Jean Piaget, o del Psicólogo Francés Henri Wallon, o del pedagogo soviético Antón S Makarenko, entre otro y citarlos, estaría por demás.

 

Rafael Ramírez, el creador de la Escuela Rural Mexicana, siempre tuvo claros estos principios y dio vida a un Modelo Educativo que sigue vigente y que los que dicen conducir una Reforma Educativa para la calidad desconocen. Tal vez por ello, dicen tanta necedad que refleja más que una reforma educativa, una reforma laboral con fines de control del magisterio.

 

Hasta la Próxima.

 



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