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| Juan Lagunas
2018-05-16

Ante la cercanía de la cita, el flujo de medios de locomoción, afuera del recinto legislativo, era pendular, pero con un sentido fijo: el detenimiento. A las 10:55, la escalera de metal, que conduce al área donde los ojos otean todo el proscenio del pleno legislativo, iba colmándose de personas… Reporteros, invitados, mentores, jubilados, reclamantes y algún trasnochado tomaban su sitio (conforme al instinto).

La banda de música emitía notas distantes, a modo de ensayo. Quince minutos después, la presidenta de la Mesa Directiva del Congreso, Hortencia Figueroa Peralta tomó el micrófono y dio apertura al acto.

Como suele acontecer en estos casos, la presencia del lábaro patrio y la entonación del Himno Nacional Mexicano llenaron de frenesí algunas miradas.

Ergo, la legisladora Edith Beltrán Carrillo, titular de la Comisión de Educación y Cultura, narró la importancia de la presea y, asimismo, dio pormenores de la reforma y el decreto que la sustentan. Y, visiblemente emocionada, enlistó a quienes se hicieron acreedores a la presea “Otilio Montaño  Sánchez”: Marina Ocampo Damián, Silvia Gámiz Iriarte, Carlos Humberto Sierra Becerra y Eudoxio Mora Torreblanca.

Para entonces, no había ningún espacio en el auditorio cóncavo, de donde brotaban porras y demás apoyos, por parte de familiares y amigos, hacia los profesores distinguidos.

Titubeante en su improvisación, Beltrán Carrillo dijo que el premio consiste en una medalla áurea de 14 quilates más 50 mil pesos y, en gran medida, se otorga al esfuerzo y trayectoria de cuatro morelenses que son “ejemplo de esfuerzo, compromiso y tenacidad”.

El pecho de algunos legisladores, parafraseando a un vate del sureste del país, se conducía con “clara hombría” (como si fueran con la provincia a todas partes).

El evento avanzaba conforme al programa y, a la par, la temperatura se elevaba. Era común divisar a personas portando un abanico improvisado en mano (una hoja de papel, en la mayoría de los casos).

Los representantes de los “mass media” emulaban a Miguel de Unamuno, al recurrir, en sus quehaceres instantáneos, al “santo sacramento de la conversación”, para captar imágenes y hacer entrevistas.

Para las 11:35, los maestros, con la medalla ataviada en su cuello, se tomaban fotos con los legisladores; saludaban, viraban el rostro hacia diversas direcciones, haciendo movimientos de manos como si fueran lanzadores de discos en justas olímpicas.

La pantalla gigante, obediente a la perspectiva de su manipulador, suspendida sobre el espacio que ocupa la presidencia del Congreso, reproducía imágenes alternadas.

Sólo una elemento permanecía impasible: la frase que enaltece al recinto: “Morelos cuna de la revolución social de México”.

El ceremonial concluyó a las 12:40 horas e, inmediatamente después, la diáspora de personas vació el lugar.



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